MI EXPERIENCIA EN FRANCIA

Por María de los Ángeles Suárez

Empezaré por presentarme, suelen decirme Angie, tengo 44 años, soy casada y tengo una hija de 8 años. Hoy quiero contarles una de las más grandes experiencias que he tenido en el transcurso de mi vida.

Hace muchos años, quizás por el 2004, tuve la oportunidad de viajar a París por 3 largos meses.

La oportunidad surgió porque mi tía Clara, hermana de mi mamá, vivía allá y que por causas de enfermedad (artritis reumatoide) tenía que viajar a México. Ella tenía un trabajo en París de fin de semana que consistía en cuidar a una adulta mayor de 90 años. Yo había salido de la Universidad y aún no tenía trabajo fijo, así que me comentó si quería irme a suplirla en su trabajo y quedarme por allá durante los 3 meses que tiene uno permiso sin solicitar visa. Por lo tanto, sin pensarlo, hice maletas y me fui a París.

Tuve un viaje largo de 17 horas, en el cual transbordé en el aeropuerto Charles de Gaulle. Durante el viaje todo fue muy tranquilo, se me pasó rápido el tiempo, entre comer, leer, dormir, desayunar, leer y dormir. Cuando fin llegamos a tan anunciado país estaban en la terminal esperándome mis tíos, bajé del avión muy contenta de poder estar ahí, entonces empezó la odisea. Fui bienvenida con risas, comida, vino, paseos. En aquel entonces, mi hermano vivía allá con mis tíos, debido a que mi tío (que era su padrino) se lo llevó para estudiar francés y mi hermano ya no quiso regresar.

Llegué muy emocionada e ilusionada de conocer un país bello, costumbres, comida, personas y sobre todo ver las tiendas, -ya saben a varias mujeres nos llama la atención la ropa, bolsas, zapatos, perfumes, etc- esa era mi mayor ilusión, ya que llevaba una cantidad limitada de dinero. Mi tía, que debía partir al tercer día hacia México, sólo me llevó a dar la vuelta a algunas de las tiendas más nombradas y concurridas. Tuve que poner mucha atención en el transcurso del viaje para poder regresar sola, no sabía francés, ni inglés; así que hice algunos apuntes y puse mucha atención en qué camión tomar y en qué estación del metro bajar. Al llegar a esa tienda (H&M) había mucha ropa, cosas muy bonitas; claro muy caras, 20 euros, 30 o 40 cada prenda. Es necesario aclarar que yo llegué a principios de enero a París; hacia frío y recordaba que mi tía me había comentado que para finales de febrero las tiendas ponían en ofertas y rebajas por temporada donde había cosas de 5, 10 o 15 euros en perfecto estado.

Llegó la partida de mi tía y me quedé en el departamento con mi hermano, que se iba a la escuela entre semana y mi tío que trabajaba de noche toda la semana, se iba 7pm y regresaba 7am. Con mi tía solo hice 2 viajes, recuerdo que era caro el pasaje, el boleto de ida y vuelta era de 17 euros más o menos, así que la primera semana todo concluyo tranquilo, hacer de comer, salir a dar vueltas a las tiendas cercanas, biblioteca, parques, supermercado.

Llegó el fin de semana y tenía que partir al trabajo. Llegué tal como me había explicado mi tía y me presente con Madame Blanchot una adulta mayor de 90 años, muy alegre, platicadora y excelente persona. La pasamos muy bien ese fin de semana, ya que conversábamos todo el día. Me contó que su esposo era militar y que participó en la Segunda Guerra Mundial, me enseñó fotos, me contó anécdotas, reímos, vimos televisión y amablemente me traducía los programas; más tarde nos dispusimos a comer, ella solo comía sopa Campbell con pan remojado así que me mandó a la panadería a comprar baguette y fue la primera vez que probé la baguette de París tal y como la preparan allá. Ahí tenia ella paquetes de jamón, aguacate, lechuga, mayonesa, queso y me dijo «ven prepárate una buena baguette ponle mucho jamón y queso, no como las que se venden muy pobres». Y en efecto las que vendían en los puestos o locales eran muy escasas, con mucha hoja de lechuga y una delgada rebanada de jamón y queso.

Yo la apoyaba para cambiarse, comíamos juntas, reíamos, platicábamos, cosa que, en casa de mi tía en esos 3 meses, no pasó. Sino todo lo contrario, siempre había comentarios como: ¿qué haces aquí? / vete a pasear/ ve de compras/ no compramos tanta agua/ no comemos esto. Cuando en realidad, yo podía comprar lo que quería con lo que ganaba y llevaba. La vecina me invitaba a su casa al té y también la pasaba bien, cómoda; ella medio hablaba español y nos entendíamos.

Con esto y muchos detalles más entendí que hay gente buen en muchos lados y no necesariamente es de la familia.

Lo que sí he de reconocer, es que trabajé cómoda, gané mi dinero, compré lo que quise: ropa, perfumes, comida, postales; gasté en lo que quise, probé muchas cosas (caras decía mi tío), caminé mucho y conocí muchos lugares. He de confesar que pagaban bien, en aquel entonces por los dos días ganaba 30 euros, lo que multiplicado por 17 (valor de 1 euro en pesos mexicanos, en aquél entonces) resultaba en una buena cantidad. Nada me detuvo, sabía que podía lograrlo, aunque lo único que no vi fue la ciudad de París de noche.

Aprendí a viajar sola en el metro y camión, sin saber el idioma, sin hablar inglés, sin conocer a nadie y puedo decirles que tuve experiencias raras, emocionantes e incluso tristes por no saber qué hacer, pero aprendí que, todo lo que quieres, lo puedes lograr, que si se cierra una puerta, otra se abrirá. Que no debes dejarte llevar por el que dirán y actuar de manera decisiva para logra lo que deseas.

Una vez por buena gente (o por tonta) iba a París, un tipo muy lindo me dio el paso en el metro, pasó su «carta» como le dicen ellos al boleto, para que pasara gratis, diciéndome cumplidos y yo muy un poco ingenua accedí «muchas gracias» le dije con una gran sonrisa y me metí al metro. Total que al llegar a mi destino no pude salir, no llevaba mi boleto, así que le tuve que hablarle a mi hermano para preguntarle que debía hacer, a lo que el respondió «jajajaja que burra eres» en tono burlesco «¿por qué te pasaste, debes pagar y a hora lo que debes hacer es pegártele a alguien, una viejita o a quien veas que te deje para salir?» Fueron los minutos más largos de mi vida, para poder decidir con quién salía y que diría; es más, creo que pasó más de una hora y no sabía quién podría ayudarme. Hasta que vi una viejita con bolsas, a quien me le pegué para salir y aunque gritó, manoteo y sabrá Dios que dijo, yo solo le di las gracias y salí. Así y otras similares pasé, ¡que nervios y que desesperación no saber que hacer o que te dirán!

Nunca desistas de lo que tienes en mente, no importa la familia, el dinero, el idioma o lo que sea, sí te propones algo, inténtalo una y mil veces, pronto te darás cuenta de que puedes con eso y mil cosas más. Que las personas te ayudarán a pesar de no tener lazos sanguíneos, más que la misma familia.

En honora Madame Blanchot que descansa en paz, de quien aprendí mucho, sus risas, sus bromas, sus relatos, experiencias y demás, conservo un bello anillo de plata que me regaló en aquel entonces con una piedra azul. Gracias madame.

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